Esta imagen es un habitual de muchos cursos de formación en grandes empresas, que por suerte cada vez más están dejando de lado prejuicios infundados, y desarrollando nuevas técnicas prácticas para ayudar a sus trabajadores a mejorar su bienestar laboral y personal

Esta imagen es un habitual de muchos de nuestros cursos de formación en grandes empresas, que por suerte cada vez más están dejando de lado prejuicios basados en la imagen, y desarrollando nuevas técnicas prácticas para ayudar a sus trabajadores a mejorar su bienestar laboral y personal

Las emociones son algo natural y necesario, pero tanto las agradables (alegría) como las desagradables (miedo, rabia…) si se prolongan demasiado pueden ser muy incómodas e insanas, y eso es precisamente el estrés: una emoción excesivamente larga e intensa que dificulta el bienestar personal. Pero no siempre podemos controlar nuestras circunstancias, y hay ocasiones en que nos vemos sometidos a situaciones, conflictos, presión laboral o económica, ruidos, dolores de cabeza o tantos otros problemas o cambios vitales (también incluyo aquí los positivos), que si bien nos afectan, no podemos hacer nada para que desaparezcan.

Pero ahí está la clave para entender el estrés y poder afrontarlo: no es algo que esté ahí, como si fuera un virus contagioso. Por eso, no tiene sentido la frase “en mi trabajo tenemos mucho estrés”, porque lo correcto sería decir “en mi trabajo hay mucha presión y me hace sentir estresado/a”, y aunque parezca sutil, la diferencia es clave: el estrés nace dentro de nosotros, y por esta razón, también depende de nosotros lograr frenarlo. Por eso hay personas que teniendo mucho trabajo, cambios o complicaciones personales siempre están relajadas, y otras que se ahogan en un vaso de agua.

En esos casos, la buena noticia es que podemos hacer algo para que nuestro bienestar no se vea tan afectado, y podamos mantener tranquilidad independientemente de lo externo, pero para ello hay que desarrollar una serie de recursos que nos permitan superar esa tendencia natural. Aquí pongo algunos ejemplos que suelen funcionar:

  1. Háblate. Por ejemplo, si te llamas Ana, di: “Ana, tranquila, no se acaba el mundo con esta” o piensa una frase que te ayude a tranquilizarte, y grábatela a fuego para momentos así. Eso te ayudará, en primer lugar, a recordar una idea tranquilizadora, y en segundo lugar, a distanciarte de ti mismo, y por tanto, a conseguir salir de tu propia emoción y ver más allá.
  2. Créate un “lugar seguro”. Esta herramienta, que viene de la psicología, consiste en diseñar mentalmente un espacio donde uno se siente seguro y tranquilo. Para ello, debes cerrar los ojos y concentrarte. Puedes hacerlo en un momento en que no tengas estrés, y así cuando tengas un momento estresante ya podrás utilizar tu lugar seguro para refugiarte en él, porque ya lo habrás preparado. Se trata de que crees con tu mente un lugar imaginario (un jardín, una playa, una sala con una chimenea… lo que a cada uno le inspire) y lo vayas imaginando con frecuencia para que coja forma en tu mente. Si logras visualizarlo, ayudarás a tu cuerpo a relajarse en los momentos más complicados, porque cuando el cerebro visualiza algo, tiene el mismo impacto que si sucediera de verdad, siempre que uno sea capaz de concentrarse, y eso es algo que se mejora practicándolo.
  3. Respira profundamente 10 veces. Por básico que parezca, muchas veces pasan horas sin que tengamos una respiración profunda, y la respiración superficial dificulta nuestro bienestar de una manera considerable. Contar a 10 inspirando y expirando es una manera sencilla y muy efectiva de mejorar nuestro estado físico, mental y emocional. El cuerpo consigue relajarse, y la mente centra su atención en el simple proceso de respirar, lo que le libera de los “ruidos” de muchos pensamientos que casi siempre son los causantes de emociones intensas que crean y refuerzan nuestro nivel de estrés.
  4. Coge un objeto y obsérvalo o escúchalo. Muchas veces el estrés se debe a sobre-carga de información exterior y/o interior, y si conseguimos poner toda nuestra atención en un solo objeto, es fácil que los niveles de estrés bajen. Si tienes a mano una concha, escucha el mar que se puede percibir poniendo la oreja en su agujero. O si tienes una fuente o una vela, mirar el agua o el fuego son otros relajantes muy efectivos. Si no tienes nada inspirador a mano, siempre te quedan opciones: lávate las manos y siente el agua corriendo por tu piel, o acaricia tu ropa y nota en las yemas de tus dedos las diferentes texturas de ropa, mesa, silla, piel… Todo lo que sea percibir con un solo sentido es un relajante muy práctico y económico, que requiere de los recursos mínimos y proporciona mucho bienestar. Y esto lo menciono porque a veces parece que necesitemos caros masajes o viajes exclusivos a balnearios para encontrar tranquilidad, y si bien son muy útiles y placenteros, no son necesarios si uno aprende a aprovechar cualquier circunstancia y recurso.
  5. Haz estiramientos. Estira las articulaciones, el tronco, el cuello, la muñeca y los dedos… Muchas veces acumulamos tensión en el cuerpo debido a la postura, y si dedicamos 5 minutos cada dos o tres horas a unos sencillos estiramientos, podemos mejorar mucho nuestra sensación de bienestar.
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