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Hay quien encuentra en la vejez una etapa de dificultades y limitaciones. ¿Realmente es lo único que trae consigo la vejez o qué más nos aporta esta etapa de la vida? ¿Qué podemos aprender de las personas mayores? ¿Cómo podemos prepararnos para una vejez feliz? ¿Qué nos enseña el sabio Cicerón sobre esta etapa de la vida? Hoy hablaremos sobre ello en este artículo, y en el nuevo episodio del Podcast El Pozo de Tales.

Vida de Cicerón

En una ocasión, sorprendió el emperador Augusto a su nieto leyendo un libro que al verle se apresuró a esconder. Era una obra escrita por un hombre al que su abuelo, Octavio Augusto, había condenado a muerte. Cuando el emperador lo vio, cogió el libro y leyó un fragmento. Al terminar, le dijo al joven: “Un hombre sabio, hijo mío: un hombre sabio y amante de su patria.” Aquel sabio escritor condenado a muerte era Marco Tulio Cicerón, un hombre que había causado polémica y despertado admiración en la Roma de su tiempo.

Nació en el 106 a.C y desde joven destacó por su gran elocuencia, que demostró como abogado, escritor, filósofo y orador en el Senado. Antidogmático y transgresor, no aportó muchas ideas nuevas a la Historia de la Filosofía, pero fue clave en la difusión y popularización de la filosofía griega a través de sus brillantes textos y discursos. Muchos de sus escritos son de gran actualidad, relacionados con la política, las leyes, la amistad, la espiritualidad, la vejez… Sobre este último tema hablaremos hoy.

Obra y pensamiento de Cicerón acerca de la vejez y la felicidad

Cicerón señala en su obra “De senectute” o “sobre la vejez”, en boca de Catón, cuatro puntos fundamentales para analizar. Se centra en cuestionar cuatro creencias acerca de la vejez: que la vejez aparta de la gestión de los negocios, que la salud se debilita, que te priva de casi todos los placeres y que la muerte ya no está lejos. Aquí puedes leer algunos fragmentos:

Las armas defensivas de la vejez, Escipión y Lelio, son las artes y la puesta en práctica de las virtudes cultivadas a lo largo de la vida. Cuando has vivido mucho tiempo, producen frutos maravillosos. La conciencia de haber vivido honradamente y el recuerdo de las muchas acciones buenas realizadas, resulta muy satisfactorio en el último momento de la vida.
¿Puede haber queja más despreciable que la que formuló Milón el Crotonio? Se dice que siendo ya anciano vio a los atletas que se preparaban para las carreras. Se miró los brazos y con lágrimas en los ojos exclamó: “¡Verdaderamente, éstos ya está  n muertos!” ¡No son ellos los que están muertos, necio, sino tú, porque tú no te ennobleciste por ti mismo sino por tu espalda y tus brazos! Nada semejante dijeron Sexto Elio, ni anteriorme  nte Tito Coruncanio, ni más recientemente Publio Craso, cuya rectitud y prudencia se manifestaron hasta sus últimos días y promulgaron leyes para los ciudadanos.
Nada prueban quienes afirman que la vejez no se desenvuelve en los negocios. Es como decir que el timonel no hace nada sujetando el timón, puesto que mientras él permanece sentado en popa, unos se encaraman en los mástiles, otros corren de aquí para allá, otros queman los desechos. Es verdad que no hace el trabajo que hacen los jóvenes, sin embargo el timonel hace cosas mejores y de más responsabilidad. Trabajo que no se r  ealiza con la fuerza, velocidad o con la agilidad de su cuerpo, sino con el conocimiento, la competencia y autoridad. De ningún modo la vejez carece de estas cualidades, por el contrario éstas aumentan con los años, a menos que os parezca que yo haya puesto fin a mi actividad porque no participo en ninguna guerra.
¿Acaso la vejez obligó a enmudecer en sus discursos a (…) Homero, Hesíodo, Simónides, Estesícoro, o a Isócrates, Gorgias a quienes anteriormente cité; o a los príncipes de los filósofos, Pitágoras, Demócrito, o a Platón, Jenócrates, o, posteriormente, a Zenón Cleanto, o Diógenes Estoico, a quien vosotros mismos conocisteis en Roma? ¿Acaso, no fue en todos ellos tan duradera la ilusión por los estudios como su vida?
Podéis constatar que la vejez, no sólo no es debilitada y vulnerable, sino que por el contrario, la vejez es laboriosa y lleva siempre algo entre manos con igual inquietud que en las etapas anteriores de su vida. ¿Y qué decir de los ancianos que estudian cosas nuevas de interés para ellos? El ilustre Solón, dice él mismo en sus versos, que cada día que envejece aprende algo. Yo mismo, ya anciano, he estudiado griego y lo domino. Puse tanto empeño en ello que no hacía otra cosa día y noche que estudiar griego. Os cuento esto de mí para que os sirva de ejemplo. Cuando oí contar que Sócrates aprendió a tocar el arpa, ya anciano, quise hacer yo lo mismo y trabajé con ahínco en el aprendizaje de la lengua griega.
La ancianidad es llevadera si se defiende a sí misma, si conserva su derecho, si no está sometida a nadie, si hasta su último momento el anciano es respetado entre los suyos. Como en el adolescente hay algo de senil, también en el anciano hay algo de adolescente, lo reconozco. Quien siga esta norma podrá ser anciano de cuerpo pero no de espíritu.
Tengo que estar agradecido a la vejez que ha acrecentado en mí el interés por la conversación y ha dejado en segundo puesto el beber y el comer.
La ancianidad es desgraciada si se tiene que defender con discursos. Ni los cabellos blancos, ni las arrugas hacen surgir de repente la autoridad. Los frutos de la autoridad los produce la edad vivida honestamente desde el principio.
Estos son los comentarios que os tenía que exponer sobre la vejez: Quieran los dioses que lleguéis a ella, y que la podáis experimentar y comprobar por vosotros mismos, teniendo en cuenta lo que os he comentado.*
Como veis, las palabras de Cicerón no han caducado, sino todo lo contrario, al menos a mí, me parecen de tremenda actualidad. Incluso la mayoría de estas reflexiones sobre la vejez se pueden aplicar a la situación de enfermedad, ya que lo que está detrás de toda esta reflexión es el papel del cuerpo en la felicidad, y la capacidad de ser felices aun cuando el cuerpo falla, o no cumple todas las expectativas.

¿Felicidad en la vejez, cómo?

Hay personas que asocian la vejez feliz a tener un cuerpo sano, mantenerse en forma, no fumar… Por supuesto que cuidar el cuerpo para que siga bien el máxim o de tiempo posible es positivo y está demostrado que favorece la salud en la vejez. Pero que la favorezca no significa que la asegure, porque nunca están en nuestras manos todos los factores. Pretender ejercer un control absoluto sobre nuestro destino me parece tan necio y peligroso como creer que no tenemos control alguno y supeditarse a las leyes del destino. Tenemos la capacidad de mejorar nuestra vida, conseguir objetivos que nos proponemos y ser felices a partir de la propia elección, pero no controlamos todos los factores de fuera. El apego excesivo a los objetivos conduce a la infelicidad, de igual modo que el extremo opuesto, que sería dejar de tener objetivos y resignarse.

En realidad, bajo mi punto de vista, la infelicidad en el fondo se origina más bien en los modelos sobre la propia felicidad que en la vida misma. Por otro lado, cuando tenemos expectativas pasamos a sentirnos mal si no se cumplen. Por esta razón, un ciego que lo ha sido toda su vida no se siente mal por no ver, sino que lo asume como normal. Del mismo modo ocurre con todas las carencias, que sólo duelen en la medida en que uno conoce la posibilidad de su existencia, a través de otros, de sus deseos o ideas. Como dirían los sabios orientales, es en la eliminación del deseo donde se consigue la tranquilidad y el bienestar.
Os quiero leer un cuento de Facundo  Cabral que me parece inspirador en este sentido:
Dios tomó forma de mendigo y bajó al pueblo, buscó la casa del zapatero y le dijo: -Hermano, soy muy pobre, no tengo una sola moneda en la bolsa y estas son mis únicas sandalias, están rotas, si tú me haces el favor… El zapatero le dijo: -estoy cansado de que todos vengan a pedir y nadie a dar. El Señor le dijo: -Yo puedo darte lo que tú necesitas. El zapatero desconfiado, viendo un mendigo, le preguntó: -¿Tú podrías darme el millón de dólares que necesito para ser feliz? El Señor le dijo: -Yo puedo darte diez veces más que eso, pero a cambio de algo. El zapatero preguntó: -¿a cambio de qué…?, -a cambio de tus piernas. El zapatero respondió: -¡para qué quiero diez millones de dólares si no puedo caminar! Entonces el Señor le dijo: -bueno, puedo darte cien millones de dólares a cambio de tus brazos. El zapatero respondió: -¿para qué quiero yo cien millones de dólares si ni siquiera puedo comer solo? Entonces el Señor le dijo: -bueno, puedo darte mil millones de dólares a cambio de tus ojos. El zapatero pensó poco: -¿para qué quiero mil millones de dólares si no voy a poder ver a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos? Entonces el Señor le dijo: -¡Ah, hermano!, ¡qué fortuna tienes y no te das cuenta!

Hay ciertos aspectos que ayudan a sentirse bien y tener una vida agradable. A ellos apuntaba Cicerón en su texto, y yo los resumiría básicamente en dos: actitud y hábitos.

  • La actitud nos permite vivir cualquier circunstancia de una forma favorable, convirtiéndola en fuente de aprendizaje, felicidad o amor.
  • Los hábitos hacen posible realizar de forma fácil y natural determinadas actividades que en sí mismas favorecen el bienestar. Por ejemplo, el hábito de sonreír, el de agradecer o hábitos asociados a aficiones, como el hábito de pintar, de cantar, filosofar, de conversar, de escribir poesía o de hacer crucigramas.
Cuando el cuerpo falla, puede quedar la mente, la imaginación, la memoria… Y cuando falta una parte de nosotros que creíamos esencial en nuestra identidad, pueden quedar otras que permanezcan a pesar de las canas o la pérdida de memoria. Cuando se termina lo que parecía eterno, puede encontrarse sentido en lo que queda, o en lo que empieza. Todo ello está en manos de cada uno, de la actitud, de la forma en que se entiende la vida, la identidad y la felicidad.
Si decides que para ti felicidad es algo que sabes que se va a terminar, tienes el riesgo de perderla y sufrir. Si consigues hacer de tu felicidad, identidad y vida algo que vaya más allá de lo que caduca (cargo profesional, ropa, estado de salud, imagen física…) podrás hacer que duren, aun en la vejez o cualquier otro estado de tu cuerpo, como la enfermedad.

¿Qué pueden aportar las personas mayores?

La vejez supone muchos años vividos, experiencia, aprendizajes, fracasos y éxitos. Vivir muchos años hace posible aprender mucho, lo cua l no significa que todos los que lo hagan hayan aprendido. Que todos los perros sean mamíferos, no significa que todos los mamíferos sean perros, y del mismo modo, que todos los sabios hayan vivido mucho no significa que todos los que hayan vivido mucho sean por ello sabios.
Ahora bien, aquella persona mayor que haya experimentado y también haya aprendido, puede aportar mucho a los jóvenes y a los niños.
  • Paciencia
  • Visión global
  • Matices
  • Prioridades
  • Fortaleza
  • Humildad
  • Autoridad

Pero al final cada persona es única y aporta lo que es de manera personal e individual. La cuestión es estar abiertos a aquello que puedan enseñarnos los mayores, y aquellos que entran en años, que aprendan a confiar en sí mismos, y acepten esa etapa de la vida, que tiene también sus propias maravillas, y que tiene mucho que enseñarse a sí misma como a los demás, que pueden aprender de los que ya están en esa etapa de la vida.

REFERENCIAS

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