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Muchos filósofos a lo largo de la Historia han hablado del imperativo moral, pero hay otro régimen de conducta impuesto en la sociedad de forma sutil, que es el imperativo de lo normal. La normalidad, por un lado, parece ese sentido común sano que nos ayuda a guiarnos en las líneas de lo conveniente, pero a veces se convierte en la voz de un ‘statu quo’ convencional, impuesto sin fundamento, o incluso con un fundamento opresor claro. ¿Cuándo lo normal nos ayuda y cuándo nos limita?

Fuera de la ‘caja de lo normal’ se encuentran grandes descubrimientos, mentes extraordinarias y revoluciones sociales que han supuesto progreso para el Mundo y la Humanidad. Sin embargo, en ocasiones salir de un cierto orden puede desencadenar malestar en uno y los demás, insatisfacción, falta de funcionalidad práctica y problemas de salud.

Los prejuicios hacia lo no-normal

El filósofo griego Demócrito se quitó la vista para pensar con más lucidez, pero sin remontarnos a algo tan extremo, ¡cuántos filósofos a lo largo de la Historia, así como artistas y científicos, han tenido costumbres poco convencionales y estilos de vida excéntricos! Hace unos días en el País salía un artículo hablando de por qué los filósofos no tienen hijos. Nombraba a muchos de los grandes que quedaron sin descendencia, como Platón, Hobbes, Locke, Hume, Descartes, Kant, Simone de Beauvoir, Nietzsche, Sartre, Voltaire, Hannah Arendt, Spinoza, Schopenhauer…

Tampoco parece muy normal tomar 50 tazas de café en un día, pero Balzac podía llegar a esta cifra para concentrarse. A Gertrude Stein le gustaba escribir mientras contemplaba vacas, y al parecer Woody Allen se da duchas de unos 45 minutos para inspirarse con sus guiones.

En todo caso, las líneas de la normalidad no son claras en realidad. La voz de la sociedad resuena en muchos anuncios publicitarios, comentarios cotidianos de la gente o incluso en el interior de cada uno, con frases sobre lo que es normal y lo que no. Cuando se trata de juzgar a otros, sirve para etiquetarlos, y cuando uno roza las líneas de lo no-normal, se preocupa o siente culpa. He visto estos patrones con mucha frecuencia en mis sesiones de coaching, y también los veo a diario a mi alrededor. Algunas veces sirven para alertar o tener puntos de referencia sobre lo saludable, pero en muchas ocasiones he visto cómo una persona que estaba feliz con su vida, pasaba a sentirse muy mal por la propia idea de estar haciendo algo no-normal con su vida. Esto es lo que yo llamo ‘el daño que Hollywood ha hecho a nuestra felicidad‘.

  • Lo normal un viernes por la noche es tener plan con los amigos
  • Lo normal es tener dinero para ir de vacaciones
  • Lo normal es que los niños quieran salir a correr y no les guste estudiar
  • Lo normal es que un adulto no vea dibujos animados ni películas de fantasía
  • Lo normal es abrir regalos en Navidad
  • Lo normal es tener relaciones antes de los 20
  • Lo normal es no fumar
  • Lo normal a los 40 es tener hijos
  • Lo normal es comer carne / lo normal es ser vegetariano

Lo curioso del tema es que muchas de estas frases que se incluyen en la idea de lo que es normal, cambian con el contexto histórico, lo cual hace pensar en su relatividad. Incluso algunas de ellas cambian con la edad que uno tiene, el género, etc.

Por ejemplo, hace unos días salía el hijo de Will Smith en una gala con tacones. Muchos lo vieron algo poco normal, que un hombre vistiera con zapatos de tacón visibles. Sin embargo, el rey Luis XIV tal como lo muestra una pintura de Rigaud lucía unos zapatos de tacón con toda tranquilidad. Y hablando de género, un dato curioso es que a principios del siglo XX el color rosa era masculino y el azul femenino.

Muchos imperativos sobre la normalidad nos limitan, sobre todo cuando no los cumplimos y en realidad éramos felices y funcionales, pero pasamos a sentirnos mal por el mero concepto de no seguirlos. No es lo mismo que algo nos haga sentir mal en sí mismo, que sentirnos mal por pensar en ello de una determinada manera. En el primer caso, el mal lo provoca el hecho, y en el segundo, el mal viene provocado por nuestra mente que juzga el hecho en sí.

Aquí es donde la estigmatización social hace tanto daño. Un niño que está feliz leyendo, si es reprendido por sus padres para que sea normal y quiera jugar al fútbol en vez de leer, se sentirá culpable por realizar una acción que en realidad era positiva para su educación y su bienestar. Esto no quiere decir que si el niño se obsesiona y solo lee, los padres no deban buscar un cierto equilibrio en su vida para que tenga habilidades integrales, incluyendo socializarse y ejercitar sus piernas. Aquí me refiero al hecho de reprender por una conducta en sí, no por el abuso de realizar algo en exceso.

¿Lo normal existe o es solo una abstracción?

También cabe preguntarse quién de nosotros no tiene alguna excentricidad. De alguna manera, según donde fijemos la atención, podremos decir que los genios son más raros de lo normal, o quizá si analizamos a cualquier persona al azar encontremos rarezas particulares, solo que nos fijamos solamente en aquellos con fama y en ese sentido hay un sesgo claro.

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De hecho, podríamos decir que lo normal es ser raro, y que lo raro es ser normal.

Lo apolíneo y lo dionisíaco

Respecto a los excesos, Nietzsche desarrolló una interesante teoría que animaba a cuestionarse el statu quo. Lo apolíneo y lo dionisíaco es una dicotomía filosófica y literaria, basada en su interpretación de las figuras griegas divinas de Apolo y Dioniso.

En la mitología griega, Apolo y Dioniso eran hijos de Zeus. Apolo es el dios del Sol, la claridad, la música y la poesía, era descrito como el dios de la divina distancia, que amenazaba o protegía desde lo alto de los cielos, siendo identificado con la luz de la verdad; en tanto que Dioniso es el dios del vino y de la fauna, se le asocia el éxtasis y la intoxicación.

Tomando como base los caracteres de estos dioses griegos, en la interpretación de Nietzsche:

  • Apolo, extraído de las esculturas que lo representan, sería la belleza, la perfección de formas, y más allá, representaría la cordura, el sueño, y el sueño a su vez la poesía.
  • Dioniso, representado por los griegos en su “carro recubierto de flores y guirnaldas, con su yugo tirado por la pantera y el tigre”, sus bacanales, con sus participantes danzando movidos por el vino, representaría la embriaguez, el desenfreno de los sentidos, el éxtasis.

La escultura ( por extensión el resto de artes plásticas) y la poesía estarían impregnadas de lo apolíneo y dadas a la contemplación íntima. Mientras que la música y la danza serían artes dionisíacas dadas a la exaltación colectiva.

“Con sus dos divinidades artísticas, Apolo y Dioniso, se enlaza nuestro conocimiento de que en el mundo griego subsiste una antítesis enorme, en cuanto a origen y metas, entre el arte del escultor, arte apolíneo, y el arte no-escultórico de la música, que es el arte de Dioniso: esos dos instintos tan diferentes marchan uno al lado de otro, casi siempre en abierta discordia entre sí y excitándose mutuamente a dar a luz frutos nuevos y cada vez más vigorosos, para perpetuar en ellos la lucha de aquella antítesis, sobre la cual sólo en apariencia tiende un puente la común palabra «arte»: hasta que, finalmente, por un milagroso acto metafísico de la «voluntad» helénica, se muestran apareados entre sí, y en ese apareamiento acaban engendrando la obra de arte a la vez dionisíaca y apolínea de la tragedia ática.”

Esta dicotomía ha influido en pensadores y agentes de la cultura posteriores, como Freud, Jung, Thomas Mann o Herman Hesse entre otros.

“Comienzo mi historia como un acontecimiento de la época en que yo tenía diez años e iba al Instituto de letras de nuestra pequeña ciudad. Muchas cosas conservan aún su perfume y me conmueven en lo más profundo con pena y dulce nostalgia: callejas oscuras y claras, casas y torres, campanadas de reloj y rostros humanos, habitaciones llenas de acogedor y cálido bienestar, habitaciones llenas de misterio y profundo miedo a los fantasmas. Olores a cálida intimidad, a conejos y a criadas, a remedios caseros y a fruta seca. Dos mundos se confundían allí: de dos polos opuestos surgían el día y la noche. Un mundo lo constituía la casa paterna; más estrictamente, se reducía a mis padres. Este mundo me resultaba muy familiar: se llamaba padre y madre, amor y severidad, ejemplo y colegio. A este mundo pertenecían un tenue esplendor, claridad y limpieza; en él habitaban las palabras suaves y amables, las manos lavadas, los vestidos limpios y las buenas costumbres. Allí se cantaba el coral por las mañanas y se celebraba la Navidad. En este mundo existían las líneas rectas y los caminos que conducen al futuro, el deber y la culpa, los remordimientos y la confesión, el perdón y los buenos propósitos, el amor y el respeto, la Biblia y la sabiduría. Había que mantenerse dentro de este mundo para que la vida fuera clara, limpia, bella y ordenada. El otro mundo, sin embargo, comenzaba en medio de nuestra propia casa y era totalmente diferente: olía de otra manera, hablaba de otra manera, prometía y exigía otras cosas. En este segundo mundo existían criadas y aprendices, historias de aparecidos y rumores escandalosos; todo un torrente multicolor de cosas terribles, atrayentes y enigmáticas, como el matadero y la cárcel, borrachos y mujeres chillonas, vacas parturientas y caballos desplomados; historias de robos, asesinatos y suicidios. Todas estas cosas hermosas y terribles, salvajes y crueles, nos rodeaban; en la próxima calleja, en la próxima casa, los guardias y los vagabundos merodeaban, los borrachos pegaban a las mujeres; al anochecer las chicas salían en racimos de las fábricas, las viejas podían embrujarle a uno y ponerle enfermo; los ladrones se escondían en el bosque cercano, los incendiarios caían en manos de los guardias. Por todas partes brotaba y pululaba aquel mundo violento; por todas partes, excepto en nuestras habitaciones, donde estaban mi padre y mi madre. Y estaba bien que así fuera. Era maravilloso que entre nosotros reinara la paz, el orden y la tranquilidad, el sentido del deber y la conciencia limpia, el perdón y el amor; y también era maravilloso que existiera todo lo demás, lo estridente y ruidoso, oscuro y brutal, de lo que se podía huir en un instante, buscando refugio en el regazo de la madre. Y lo más extraño era cómo lindaban estos dos mundos, y lo cerca que estaban el uno del otro. Por ejemplo, nuestra criada Lina, cuando por la noche rezaba en el cuarto de estar con la familia y cantaba con su voz clara, sentada junto a la puerta, con las manos bien lavadas sobre el delantal bien planchado, pertenecía enteramente al mundo de mis padres, a nosotros, a lo que era claro y recto. Pero después, en la cocina o en la leñera, cuando me contaba el cuento del hombrecillo sin cabeza o cuando discutía con las vecinas en la carnicería, era otra distinta: pertenecía al otro mundo y estaba rodeada de misterio. Y así sucedía con todo; y más que nada conmigo mismo. Sí, yo pertenecía al mundo claro y recto, era el hijo de mis padres; pero adondequiera que dirigiera la vista y el oído, siempre estaba allí lo otro, y también yo vivía en ese otro mundo aunque me resultara a menudo extraño y siniestro, aunque allí me asaltaran regularmente los remordimientos y el miedo. De vez en cuando prefería vivir en el mundo prohibido, y muchas veces la vuelta a la claridad, aunque fuera muy necesaria y buena, me parecía una vuelta a algo menos hermoso, más aburrido y vacío. A veces sabía yo que mi meta en la vida era llegar a ser como mis padres, tan claro y limpio, superior y ordenado como ellos; pero el camino era largo, y para llegar a la meta había que ir al colegio y estudiar, sufrir pruebas y exámenes; y el camino iba siempre bordeando el otro mundo más oscuro, a veces lo atravesaba y no era del todo imposible quedarse y hundirse en él. Había historias de hijos perdidos a quienes esto había sucedido, y yo las leía con verdadera pasión.” Demian, de Herman Hesse

Nietzsche es un autor interpretable de miles de maneras, precisamente por el carácter literario de sus obras. Podríamos decir, aplicando esta dicotomía al tema de la normalidad, que en realidad no debemos exaltarla demasiado ni tampoco rechazarla.

Quizá gracias a la diversidad de personas, algunas más convencionales y otras menos, el conjunto de la sociedad avance mejor. Incluso en algunos casos con enfermedades mentales incluidas, como les ocurrió a muchos grandes genios, puede que si miramos en un plano más global y menos individual, esa diversidad haya sido clave en el progreso del Arte, la Ciencia y en general la Humanidad.

De hecho, si lo miramos desde el punto de vista biológico, justamente gracias a las mutaciones genéticas hemos evolucionado. La evolución en la naturaleza parte precisamente de anomalías, y como dice el propio Stephen Hawking incluso también en el ámbito de la Física Astronómica, de no ser por las imperfecciones no habría existido el Universo ni se habría originado la Tierra.

El riesgo de alterar lo normal imperativamente

Si bien es cierto que lo normal no debería imperar tanto como lo hace, tampoco nos deberíamos pasar al extremo opuesto. Ese es el problema de imponer en general, porque las cosas que están de una manera, necesitan cambios progresivos y sobre todo, deben nacer de la voluntad de las personas por cambiar.

Hay una especie de ‘confianza en la Historia’ que deberíamos tener, y no olvidar que somos ‘enanos a hombros de gigantes’. Me refiero a tener la humildad de cuestionar las propias dudas que tenemos, y pararnos a observar cómo ha funcionado todo antes que nosotros, y también a nivel personal, qué nos ha funcionado hasta ahora. 

Fragmento del sociólogo Emile Durkheim en su obra Las reglas del Método Sociológico:

“Nuestro método no tiene nada de revolucionario, es incluso en cierto sentido esencialmente conservador, pues considera los hechos sociales como cosas cuya naturaleza, por flexible y maleable que sea, no podemos pese a todo, modificar a voluntad. ¡Cuán peligrosa es la doctrina que, no viendo en ellos más que el producto de combinaciones mentales, un mero artificio dialéctico, puede en un instante desquiciarlo todo por completo”.

Ése es el riesgo del mensaje que enviamos sin darnos cuenta en el ámbito del desarrollo personal. No podemos decir tan a la ligera a la gente que cambie, que se lance y no mire atrás. Por ejemplo, una persona que ha cimentado su identidad sobre unos hábitos, si de pronto los altera al completo puede tener una verdadera ruptura interior. Tampoco creo que sea positivo ‘demonizar’ la educación antigua e implantar sistemas revolucionarios que ignoren lo que funcionó en el pasado. Es el problema de muchos empresarios o políticos que asumen un nuevo cargo y olvidan que antes de tomar decisiones deberían realmente comprender qué tienen entre manos. Por eso es tan importante aplicar humildad, escucha, paciencia y método científico.

No tengamos miedo de salir del statu-quo por estigmas sociales, pero tampoco perdamos el espíritu crítico con nosotros mismos, cada día, y la humildad necesaria para aprender y seguir mejorando.

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