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¿Es lo mismo ser felices que sentir placer todo el tiempo? ¿Cómo nos afectan el dinero, el consumo, la comida… en la felicidad? ¿Podemos ser felices sintiendo dolor, o ser infelices con todos los placeres al alcance? ¿Qué nos enseña la filosofía epicúrea sobre la felicidad?

Epicureísmo y el placer

En la Grecia Clásica hubo dos corrientes representativas del Hedonismo, es decir, de las Filosofías que defendían el placer. Por un lado se encontraban los Epicureístas y por otro la escuela Cirenaica. Mientras que Aristipo de Cirene y sus seguidores consideraban que el único placer que debía perseguirse era el carnal e inmediato, el hedonismo de Epicuro consideraba el valor de un placer menos físico y con perspectiva a largo plazo.

En cierto sentido, la Escuela de Epicuro ponía sobre todo el énfasis en la actitud interior, y promovía un término medio e incluso la ausencia de deseo para alcanzar la tranquilidad. En este último punto se parece incluso a la propuesta de los estoicos, de los que hemos hablado en otras ocasiones. La Ataraxia sería ese estado interior que nos permite resistir dolores y templar placeres de manera que no dominen nuestra vida. Por ejemplo, si uno come impulsivamente por el deseo inmediato y no tiene en cuenta su voluntad de encontrarse bien y estar en forma, no practicaría el hedonismo epicureísta, porque sentiría una felicidad momentánea, que se convertiría en infelicidad más tarde.

Epicuro fue un filósofo de la Antigua Grecia que nació en la Isla de Samos, aunque después viajaría a Atenas y a otros lugares. Fundó una Escuela llamada El Jardín, donde además de filosofar, cultivaban la amistad, e incluso las mujeres eran aceptadas, algo muy poco común en aquella época. Por desgracia, de sus cientos de obras prácticamente todo se ha destruido, pero se conservan algunas cartas, así como los fragmentos de unos escritos en piedra que escribió el filósofo Diógenes de Oinoanda en la actual ciudad turca, que hoy aún conserva algunas ruinas con sus textos escritos.

“Cuando decimos que el placer es el fin, no hablamos de los placeres de los disolutos ni a los que residen en el goce regalado, como creen algunos que ignoran o no están de acuerdo o que interpretan mal la doctrina, sino de no padecer dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. Pues ni las bebidas ni los banquetes continuos, ni el goce de muchachos y mujeres, ni de los pescados y todas las otras cosas que trae una mesa suntuosa, engendran la vida grata, sino el sobrio razonamiento que indaga las causas de toda elección y rechazo, y expulsa las opiniones por las cuales se posesiona de las almas la agitación más grande. El principio de todo esto y el mayor bien es la prudencia. Por eso, más preciada incluso que la filosofía resulta ser la prudencia, de la cual nacen todas las demás virtudes, pues ella nos enseña que no es posible vivir placenteramente sin [vivir] juiciosa, honesta y justamente, <ni [vivir de manera] juiciosa, honesta y justa> sin [vivir] placenteramente. En efecto, las virtudes son connaturales con el vivir placentero y el vivir placentero es inseparable de ellas.” Epicuro de Samos, fragmento de la Carta a Meneceo

Placer y felicidad, ¿son lo mismo?

El placer nos gusta, pues estamos diseñados para ello. Nos hace sentir bien físicamente, y lo buscamos, de la misma manera en que tendemos a rechazar el dolor. Pero como personas nos mueven más cosas en la vida que la pulsión placer-dolor. Hay personas a las que les mueve el afán de poder, a otras el amor, a otras la búsqueda de la felicidad y así muchos más fines, porque cada persona tiene sus propios fines en la vida. Ahora bien, si no aprendemos a diferenciar conceptos que muchas veces se confunden en el lenguaje cotidiano, podemos ser víctimas de un engaño, una suerte de ilusión óptica que nos haga sentir que estamos persiguiendo una cosa, cuando en realidad buscamos otra. Por ejemplo, no diferenciar el placer de la felicidad y equipararlos, nos impide ver matices que afectan a lo que acabamos consiguiendo en nuestra vida.

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Amor incondicional y felicidad más allá del placer

Algunas veces hacemos las cosas por otra persona. Es bonita esa capacidad humana de convertir algo que no nos gusta en algo grande si le damos un sentido, como puede ser hacerlo por alguien que queremos, porque le hace ilusión. Ahora bien, ¿no son también la confianza y el amor propio bases del amor y piedras angulares sobre las que construir cualquier relación o proyecto? Y entonces cabe la pregunta, ¿puede uno realmente querer a alguien si es a costa de sí mismo?

Dejo aquí un fragmento de Antonio Gala muy bello e inspirador:

Fue aquella misma noche, y no lejos de allí. Debía de ser febrero, y hacía un frío lento y silencioso. Recuerdo el vaho que salía de su boca y el calor que salía de sus ojos. Se había cogido de mi brazo y, de pronto, se detuvo ante una casa especializada en mejillones. Con un cierto temblor en la voz, cuya causa me costó averiguar dos años, me preguntó: «¿Quieres que entremos?» Yo –y ahí estuvo la verdadera equivocación que originó las sucesivas– respondí, supongo que también con un cierto temblor: «Si te gustan los mejillones tanto como a mí…» «Más que a ti», dijo, y empujó decididamente la puerta de cristal. Si la eternidad existe, me acordaré durante toda ella de las tres docenas y pico de mejillones que devoramos con la misma fruición que si nos estuviésemos haciendo el amor. Cuánta pasión, cuánta voracidad, qué gozo multiplicado el de vernos engullir el uno al otro… Cómo iba yo a confesarle que jamás en mi vida había podido ni ver ese acéfalo molusco incomestible, ese animalucho hermético y extraño, siempre entreabierto, o demasiado pálido o demasiado rojo, asido a un siniestro caparazón, y con un asqueroso moño de algas incrustado como estopa en sus laberínticas vísceras. Me sentía subir la arcada mientras comía más, más, más deprisa para acabar cuanto antes. Pero comía sonriendo, y sólo la sonrisa de mi amor, que comía a igual velocidad, logró evitar que vomitara. Ese fue el principio de un par de años dedicados casi con exclusividad al mejillón. Los dos nos sorprendíamos mutuamente con nuevas direcciones, muy lejanas a veces, donde ofrecían singularidades. Yo me satisfacía con la satisfacción que veía irradiar de mi pareja. Ya casi había olvidado mi odio congénito. Comíamos los despreciables bichos aderezados de todas las maneras, dentro y fuera del minúsculo apartamento que con ellos compartíamos. Durante veinticinco meses nos alimentamos poco más que de melón con jamón y mejillones: al vapor, con limón, con vinagreta, con gambas, rebozados… Yo temía que, en cualquier momento, le diera a mi amor por servírnoslos crudos. Porque inventábamos recetas misteriosas que los empeoraban de forma irremediable, y yo iba al baño, simulando una prisa, para poder seguir con mi comedia. Un domingo almorzábamos paella invitados por unos amigos que aún lo son míos. Yo, distraído y contento ante un plato normal, me ocupaba en apartar tres mejillones que me correspondieron al servirme. Como cogido en falta, miré a mi amor frente a mí. Y vi que, de un modo distraído y contento, apartaba también sus mejillones. Levantó, como cogido en falta, sus ojos. Se cruzaron nuestras miradas. Y comprendimos los dos, en un relámpago, nuestra sacrificada y prolongada historia, nuestra oculta tortura. Los dos odiábamos los mejillones con fuerza semejante, los dos nos habíamos inmolado por error con la certeza de que el otro se pirraba por ellos… Imposible que paráramos de reír aquel mediodía de marzo en que nos liberamos. No volvimos a comerlos jamás pero, cada vez que los veíamos, flotaba entre los dos una dulce y cálida corriente que nadie comprendía. Los amigos creyeron mucho tiempo que, para nosotros, el mejillón gozaba de no sé qué prestigio afrodisíaco. Y quizá fuese así. Desde que aquel amor se terminó –pero, sobre todo, desde que murió quien fue durante unos deslumbradores años la mejor mitad de mí–, suelo comer de cuando en cuando mejillones. «Dios es todo esto», pienso sin poder evitarlo… Cada estación tiene sus frutos; los de ahora son amargos. No obstante, sólo la vida –mejillones incluidos– puede justificar el interminable absurdo de la muerte.

“Soledad sonora”, de Antonio Gala

Autoestima no es egoísmo, ni complacencia es generosidad. Pero cuando se quiere a alguien, o se forma parte de algo en que se cree como un “nosotros”; “tú” y “yo” no son cosas diferentes. Y entonces es difícil diferenciar entre quererse y querer.

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Para que las relaciones sean sostenibles en el tiempo, ya sean de pareja, de amigos, de socios… es fundamental que seamos nosotros mismos, y que hagamos las cosas porque queremos y con honestidad desde la confianza mutua y la verdadera aceptación, desde una filosofía win-win que permite el crecimiento, el respeto, la confianza y la transparencia.

Con todo, es importante diferenciar entre lo que nos gusta y lo que queremos, pues no siempre es lo mismo. A veces elegimos querer algo que no nos gusta, y entonces se convierte en algo que tiene sentido para nosotros porque lo hemos elegido.

“Con la moral corregimos los errores de nuestros instintos, y con el amor corregimos los errores de nuestra moral” Ortega y Gasset

De hecho, siempre elegimos, siempre somos libres. Podemos ser felices ya sea haciendo lo que nos gusta, como haciendo lo que no nos gusta, siempre y cuando seamos conscientes y aceptemos que estamos haciendo lo que queremos. Sólo si somos honestos con nosotros mismos, podremos serlo con los demás. Si realmente lo aceptamos así, independientemente de que después cambiemos de opinión, o de que otros nos traicionen la confianza…, no caeremos en victimismos, arrepentimientos ni malestares… Para estar en paz y ser feliz, es fundamental estar bien con uno mismo, y para estar bien con uno mismo, es preciso aceptarnos en nuestras elecciones pasadas tanto como en las presentes.

Para terminar, os recomiendo este documental de Alain de Botton sobre Epicuro de Samos:

AGRADECIMIENTOS ESPECIALES EN ESTE PODCAST A…

Jesús Ranchal Sirvent, por aportar su fantástica locución al Pozo de Tales. Podéis darle a Me gusta a su Página de Facebook como locutor para estar al día de las cosas que vaya publicando.

LECTURA RECOMENDADA

  • Soledad Sonora, de Antonio Gala

AUTORES O FILÓSOFOS MENCIONADOS EN EL PODCAST

  • Epicuro de Samos
  • Aristipo de Cirene

CRÉDITOS MUSICALES DEL PODCAST EL POZO DE TALES (música libre de derechos extraída de Musopen.org)

  • Dos leyendas, segunda parte de la Predicación a los pájaros de san Francisco de Asís, de Franz Liszt
  • Sonatina in C, Op. 36 no. 1, de Muzio Clementi
  • Sonata para piano a cuatro manos en C mayor, por W.A.Mozart
  • Semper Fidelis, de John Philip Sousa
  • Variations on a french nursery theme K 265 Mozart

OTROS CRÉDITOS:

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