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Los relojes blandos de Dalí muestran la complejidad del tiempo y su importante aspecto subjetivo

“Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.” Fragmento de Momo, de Michael Ende.

¿Qué es el tiempo?, ¿qué pasa con él si nos detenemos a mirarlo y pensar sobre ello?, ¿cómo afecta a nuestra vida la noción que tengamos de él?, ¿hay algo más allá del tiempo?

El tiempo es un concepto filosóficamente complejo, y los científicos aún no han podido descifrar todos sus enigmas. Decía el filósofo Agustín de Hipona “si no me preguntan qué es el tiempo, lo sé; pero si trato de explicarlo, no lo sé”.

La idea que tenemos del tiempo actualmente en Occidente dista mucho de cómo veían el tiempo incluso nuestros abuelos. Hasta hoy en día, basta ir a un pueblo pequeño para ver cómo parece que el tiempo se alarga, como un acordeón que se abre. De pronto pasa todo más despacio, incluso nuestra mente y los latidos del corazón. Hay una tribu amazónica, los Amondawa, que al parecer no tienen apenas noción del tiempo, o al menos no como la nuestra. De hecho, su idioma ni siquiera incluye esta palabra, algo muy significativo, ya que normalmente el lenguaje lo utilizamos para definir nuestro mundo. Tienen algún concepto que se acerca a la idea del tiempo, y es que diferencian entre dos estaciones. Para Occidente, en cambio, el tiempo es algo mucho más lleno de subdivisiones. Tenemos las palabras “ayer” y “antes”; y las palabras “mañana” y “después”. Dedicamos tiempo presente a nuestros recuerdos pasados, y nos paramos a planificar el futuro.

Más curioso aún que todo esto es que incluso la misma persona puede tener experiencias diferentes con el tiempo. Hay momentos de la vida en que sentimos como si parase el tiempo por completo. También hay otros en que esperamos a alguien diez minutos y se nos hacen muy largos. Por tanto, ¿qué parte de la noción y experiencia que tenemos del tiempo es objetiva y cuál está influida por nuestra forma de verlo?

“Pon tu mano en un horno caliente durante un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una chica preciosa durante una hora y te parecerá un minuto.” Einstein

Hay un tiempo objetivo y un tiempo subjetivo. Así lo definió ya el psicólogo y filósofo pragmatista William James en su obra “Principios de Psicología“. El tiempo objetivo son las 24 horas diarias que tenemos para hacer lo que queramos, y en esta idea de tiempo, necesitamos aprender a aprovecharlo mejor, como una riqueza que se agota y que es medible. Por otro lado estaría el tiempo subjetivo, que es nuestro reloj interno y personal, más sujeto a nuestras percepciones, los paradigmas culturales y valores, y los puntos de inflexión que nos creamos nosotros mismos.

Para profundizar en el tiempo subjetivo, primero quiero explicar una distinción. En Filosofía de la Historia se diferencia entre sincrónico y diacrónico. Si pensamos en la vida de una persona como una película, lo sincrónico serían fotogramas puntuales, escenas muy concretas de la trama. Lo diacrónico sería la relación entre fotogramas, lo que vendría a ser un vídeo, que permite ver muchas fotografías juntas y conectarlas de forma secuencial. Lo diacrónico permite la posibilidad del relato, de una historia con un principio y un final, algo que encaja mucho con nuestra percepción occidental del tiempo. Sin embargo, en nuestro fuero interno, tendemos a recordar muchas veces escenas muy concretas de nuestra vida. Por ejemplo, si recuerdas la primera vez que viste a alguien, puede ser que tengas un recuerdo preciso de un fotograma, que emocionalmente nunca olvidarás. También es posible que tengas absolutamente olvidado el resto de la trama, o que sólo tengas recuerdos muy claros de algunos instantes, y muy borrosos de todo lo demás que sucedió.

A cualquier persona que le preguntemos unos cinco o seis eventos de su vida, nos dirá aquellos que más le han impactado, que más le representan y reflejan cómo se siente. Estos momentos especiales de su vida no son menos ciertos que el resto de fotogramas que se podrían haber sacado de su película vital, sin embargo, son los que la persona ha escogido, y ha decidido aumentar con la lupa de sus recuerdos. Por tanto, si miráramos la película de la vida de esta persona desde sus ojos, veríamos estos acontecimientos más destacados y largos en su línea temporal, y otros que quizá duraron incluso más tiempo, ni siquiera aparecerían. Eso significa que hay un tiempo subjetivo que se ve alterado por nuestras preferencias, emociones y elecciones.

Los antiguos griegos tenían tres dioses distintos del tiempo, que vendrían a representar tres conceptos distintos de la temporalidad. Según la mitología helena, estarían Cronos, Aión, y Kairós. Cronos es un dios maduro y anciano que lo devora todo, vendría a ser lo que hemos definido como tiempo objetivo. Kairos sería el dios del tiempo subjetivo, de los momentos sincrónicos que suceden y se escapan después. Aión representaría el dios de la eternidad, del tiempo que va más allá del tiempo, porque cada instante sería fin en sí mismo.

Puede que tú también tengas tus recuerdos en alta definición, y tengas otros muy borrosos, y que los primeros te parezcan como un antes y un después en la Historia de tu vida; como puntos de inflexión en el tiempo. La pregunta sobre este tiempo subjetivo es: ¿eres feliz con la Historia de tu vida que te cuentas a día de hoy? ¿qué puntos de inflexión has elegido de forma consciente? De alguna manera, el tiempo configura nuestra identidad. Estos puntos clave de nuestra historia personal que elegimos destacar en la memoria afectan a nuestra percepción sobre nosotros mismos, y esta percepción de uno mismo acaba alterando nuestra forma de ver todo lo demás, y nuestra felicidad. Por tanto, en este sentido, podemos tomar las riendas de nuestro tiempo subjetivo y enfocarlo de un modo distinto si creemos que eso nos puede ayudar, por ejemplo, a superar un determinado trauma del pasado en el que nos hemos quedado presos, prestándole demasiada atención, llevando al presente la vivencia, como si volviera a suceder. Con nuestra mente también podemos afianzar un recuerdo positivo que nos puede ayudar en momentos del futuro, aunque hasta ahora no le hayamos dedicado tiempo subjetivo, y hayamos permitido que quedase en el olvido y no volviera a reproducirse en nuestra continua proyección de la película mental que nos hacemos constantemente.

Este tiempo subjetivo también tiene otro aspecto fascinante: más allá de si la ciencia consigue que nos traslademos al pasado o al futuro, lo que está claro es que con nuestra mente podemos hacerlo, al menos en lo que se refiere al tiempo subjetivo. Esto lo permite la literatura, el cine o incluso la propia imaginación.

En esta escena de la maravillosa película Midnight in Paris, el protagonista se encuentra con el mismo pintor Salvador Dalí, y tienen una conversación. Es lo que hacemos cuando leemos, que podemos conversar con el escritor y entrar en escena con los personajes. La música también es capaz de transportarnos a un recuerdo del pasado o incluso a un lugar imaginario.

Por tanto, hay un oasis fuera del tiempo. Los científicos podrían hablar de los agujeros de gusano, la mitología, como mencionábamos antes, hablaba del dios Aión. Los cristianos se refieren al cielo como ese lugar al que se va cuando se muere, y donde se vive eternamente. Platón hablaba del Mundo de las Ideas, donde todo era permanente, frente al mundo sensible en el que vivimos, donde todo es cambio. Muchos enamorados sin nociones filosóficas ni científicas apostarían por que existe un oasis del tiempo en el que se puede detener, descansar o incluso eternizar.

El Arte ha hablado mucho de este tiempo subjetivo. Uno de los pasajes más maravillosos de la Literatura es el fragmento del primer tomo de “En busca del tiempo perdido” de Proust:

“Me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? (…)

Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es juntamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No sólo buscar, crear. Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que ella sola puede dar realidad y entrarla en el campo de su visión.

Y, de pronto, el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Léonie me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa) cuando iba a darle los buenos días a su cuarto.

Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té”.

“En busca del tiempo perdido, por el camino de Swann” Marcel Proust

Pero, como dice Oscar Wilde en “De Profundis”,

“Se puede captar una cosa en un momento único, pero se la pierde en las largas horas que le siguen con pies de plomo… Es en la Eternidad donde pensamos, pero nos movemos despacio en el Tiempo.”

Hasta aquí la cita.

El tiempo objetivo nos apremia con un reloj que no descansa y un ritmo frenético que nos exige resultados y respuestas para garantizar nuestra supervivencia. Podemos aprender a gestionarlo mejor, pero más allá de lo que hagamos con el tiempo objetivo, siempre nos queda un rincón oculto dentro de nosotros, donde podemos elegir cómo vivimos el tiempo, y hasta podemos ir más allá de él. Trascenderlo, sobre-volarlo, y ver lo que permanece inamovible en medio del cambio constante.

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